Beso, ósculo, pico, besuqueo, baboseo, toque, roce, contacto, caricia, mimo…

Hay muchas formas de llamar a un beso y cuantiosos tipos de ellos. Tantos como sentimientos puedan esconderse en un gesto tan pequeño y a la vez tan poderoso. Un acto henchido de tanta sinceridad que en ocasiones abruma. Besos de amor y cariño. También de compromiso y obligación. Besos de pasión y deseo, de los que se comen la boca, el sentimiento y el desánimo. Ardientes y sabrosos. O roces castos y cándidos, inocentes. Besos robados y escondidos que se dan bien con la ingenuidad de los primeros amores o con la astucia de los que tienen que permanecer en secreto, furtivos. Besos primerizos, de novato, y besos expertos no aptos para recatados. Besos de afecto entregado, de amor infinito, de ese que, dicen, mueve el mundo y eleva al hombre. Besos, en definitiva, sean como sean, que nos hacen libres porque no hay mayor libertad que dar un beso.

Cada una de esas caricias dice mucho de quien la da y de quien la recibe. Apunta un «te quiero», «hasta siempre», «hasta luego», «ten cuidado», «no tardes», «te echo de menos»… Y mil y un sentimientos más. También pueden no mostrar nada, aunque ese nada ya expresa mucho.

Estos días nos hemos quedado sin algunos de esos besos. Demasiados, es posible. Cada vez que me asomo a la ventana y veo a un adolescente nervioso, de paseo acelerado con el perro o a paso ligero al supermercado para hacer la compra y lo contemplo, a diferencia de tantos otros días, concentrado en el silencio y el vacío que le rodea y no en el móvil, pienso en los besos que se está perdiendo. En besos con sabor a tabaco y alcohol, con aroma a chicle y palomitas. Besos con gusto a sudor que forman parte de los recuerdos de cualquiera de nosotros y que ellos, estos días, no se dan. Besos que espero recuperen pronto.

También imagino los besos de despedida que el viento se lleva, como se lleva abril. Los últimos que se pueden dar en los que uno no solo pone su amor, también un poco de su alma. Esos que se procuran con el pensamiento en el ayer, en lo que fuimos y aprendimos, repletos de la seguridad que da la niñez. Besos que incluyen el sabor amargo del hoy, que nos parece tan gris, y con un poco del filo del mañana, desconocido, pero esperanzador.

Hay otros que sí se dan, pero entre cristales, entre pantallas. No saben igual, no huelen igual, pero, al menos, están y son, a buen seguro, los que más proliferan en estas fechas. Besos entre amigos, familiares y compañeros que ahora, al presente, los necesitan y saborean más que nunca. Como si antes besar fuera algo de otros, algo ajeno.

Besar. Qué bien sienta besar.

Marzo nos robó los besos y abril quizá no nos los devuelva. No al menos como nos merecemos. Quizá sea mayo, el mes de las flores, quien nos los restituya. No todos, lo sé, es imposible porque los que ya volaron, los que nunca se dieron, los que desaparecieron, no volverán, pero vendrán otros, muchos otros porque, parafraseando un verso de uno de los poemas más conocidos de Bécquer, mientras responda el labio suspirando/ al labio que suspira…habrá besos que, sin duda, daremos mañana.

1 Comment on “Los besos que no se dan

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