El ángel negro (Primera parte)

Los cuatro dados, dos azules, uno blanco y otro negro, con sus aristas redondeadas y tras un soplido irracional de pedida de suerte, como si el lugar fuera un casino, rebotaron con calma sobre el tablero. Giraron varias veces sobre sí mismos ante la expectación de los presentes, solo cinco personas pues no era un juego apto para débiles de corazón o de mente. No se permitía la duda o la vacilación. Tampoco el abandono.dados

Los dados rodaron hasta acabar, por fin, mostrando el destino a su lanzador. Los azules marcaron seis y dos. El blanco indicó uno y el negro, cuatro. Esos eran los números a avanzar por las tres diferentes y dispares líneas de casillas del tablero. Tres curvadas y tortuosas sierpes que se enredaban y enmarañaban entre ellas como serpientes en plena cópula.

La primera línea, añil, imprimía el tiempo. Cercano o lejano. Mucho o poco. Lapso temporal siempre con un principio y un final inexcusable y limitado. Se comenzaba ese día en el que los dados giraban, rebotaban y dictaban sentencia. Luego, el destino marcado por ellos revelaba cuándo se terminaba.

Era la línea a priori más sencilla, aunque alguna vez hubiera marcado la derrota inminente de algún jugador por sus antojos de reducir el tiempo a la nada. Solo si los dos dados de color azul te llevaban al vacío, a la casilla negra sin fondo, la línea sencilla, la fácil, se convertía en pesadilla. Para ello, los cubos cerúleos debían caer iguales mostrando seis puntos blancos y relucientes en las caras visibles. Era difícil pero, a veces, ocurría y entonces, el tiempo no existía. Se desvanecía en el vacío y la partida para ese jugador, independientemente del resto de su tirada, se esfumaba y perdía. Debía esperar a la siguiente sesión para poder avanzar.reloj

En esta ocasión, no había peligro. Los números de esos dados azules, sumados, avanzaron esa primera línea hasta el lugar en el que los días hablaban. La suma, ocho, llevó a la ficha en forma de ala negra a la casilla de un tiempo breve, pero suficiente. Cuatro días esta vez. No era mucho, pero podía ser bastante.

La segunda estría del juego solo ofrecía dos posibilidades. Se alternaban en ella el sexo: hombre o mujer; varón o dama; hembra o macho. Durante todas sus casillas esa era su progresión y su suerte. Tan básico como el colegio y sus batas de preescolar: rosa o azul; azul o rosa. Solo eso.

El dado blanco marcó un uno. Un punto que llevaba a una casilla de un tierno color rosa. Mujer, hembra o dama. Hasta allí, con delicadeza y armonía, avanzó una segunda ala negra.

La tercera línea era la que en verdad importaba y la más compleja, enmarañada y confusa. Esa era la que podía fijar la victoria o capitulación de un jugador, pues de ella solía depender un objetivo sencillo o uno tan complicado que a duras penas se podía llevar a buen término en el tiempo que la primera línea había marcado.

Esa tercera serpiente, enredada e  intricada, contaba con seis únicas casillas. En cada una de ellas se mostraba un círculo con cuatro colores en su interior. Solo el blanco se repetía en todas ellas. Cada uno de esos colores llevaba al jugador a una baraja de cartas. El juego tenía seis.barajas

La roja indicaba la edad, y la verde, la raza. La amarilla mostraba una o varias características físicas a tener en cuenta para elegir al objetivo, y la azul, el color de los ojos. La naranja mostraba el estado civil y la negra, una sorpresa. La baraja blanca, la más apreciada, te señalaba qué recuerdo podías llevarte.

El dado había brincado hasta acabar revelando un cuatro, y un ángel negro sin alas avanzó hasta esa casilla en la tercera línea. La serpiente reveló los colores del círculo y el tablero habló escogiendo una carta roja, una blanca, una amarilla y una negra. Resultaba una combinación excitante, pero compleja. Las sorpresas solían complicar en demasía el objetivo.

Con cautela, cuatro cartas fueron giradas desvelando el misterio que ocultaban. Una a una, fueron colocadas sobre un pequeño atril correspondiente al jugador y dictaron su sentencia.

Continuará…

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