La compradora de almas

—Buenas tardes. Me llamo Cristina Rojo y soy asesora de “Comparte tu Alma” —lo dijo de carrerilla. Llevaba muchos años repitiéndolo—. Llamaba por si pudiera estar interesada en la posible venta de su alma.

—Yo… —dudó su interlocutora—. El alma es algo muy serio y yo no quiero venderla.

—Lo comprendo. Sé que es difícil desprenderse del alma, pero quizá tiene algún sueño que cumplir.

Siempre había un sueño. Siempre.

—No necesito nada y no voy a vender mi alma —y de la misma, colgó.

Cristina suspiró y la tachó de la lista. Llevaba cinco rechazos esa tarde. Las almas ya no se vendían como antes. Los buenos tiempos se habían desvanecido. Tenía que completar un mínimo mensual o, de lo contrario, adiós al trabajo. Le faltaba una para cumplir el objetivo. Sólo una.

Dejo la lista y el teléfono, y salió de la oficina a fumar un cigarro.

Frente a la puerta principal, observó a sus compañeros a través del cristal. Todos parecían felices y contentos. Bromeaban y hacían firmar ventas de almas a personas que, de seguro, no lo necesitaban. ¿Vender el alma por un coche o unas vacaciones? ¿Era necesario cumplir esos deseos? ¿Cuánto, de verdad, vale el alma?

En los años que llevaba en ese trabajo, había conocido casos muy raros. Gente que la  vendía para que su equipo de fútbol ganara o para salir con una estrella de cine. El ser humano es así.

Apuró el cigarro y regresó a la oficina. De camino al despacho se encontró con Rosana. Era comercial, como ella, pero con muy mala baba y pocos principios.

—¿Cómo va, Cristina? —le preguntó con sorna. Ya sabía la respuesta. Todos la sabían—. Me han comentado que este mes andas un poco justa —continuó sin dejarla responder y siguiéndola al despacho—. ¿Has pensado en vender tu alma? —Una enorme sonrisa asomó en su cara. Se estaba divirtiendo—. Igual así consigues llegar al objetivo.

Tras eso, se alejó riendo a carcajadas.

Cristina se sentó en su silla, abatida, frente al ordenador y el teléfono, intentando ignorar la risa de Rosana y el malestar que le dejaban siempre sus comentarios. Era un mal bicho.

—¿Vender mi alma? —masculló—. ¿Por el trabajo?

Se negaba a hacer algo así, pero el tiempo pasaba y, con él, su oportunidad de conservar el empleo se esfumaba. Necesitaba ese trabajo. ¿Qué iba a hacer?

—No voy a vender mi alma —se dijo a sí misma y marcó en el teléfono un número al azar. Tenía que seguir intentándolo.

Mientras los tonos sonaban, cruzó los dedos para que al otro lado, por una vez, la suerte le sonriera y se pusiera al aparato una mujer cristiana de edad avanzada. Eso le solucionaría el mes en curso y parte del siguiente. Y es que, a veces, dependiendo de los datos del dueño del alma, ésta podía valer doble o triple. El alma de una cristiana de sesenta años vale como tres de un joven de veinte que nunca ha pisado una iglesia. Renunciar al alma para alguien creyente es mucho más doloroso y sacrificado que para alguien que no cree. No obstante, su deseo no se cumplió y, al quinto tono, un hombre respondió.

Tras la presentación de rigor, el hombre permaneció unos segundos callado. Segundos que a Cristina le parecieron siglos, hasta que se decidió a contestar.

—No creo que puedas comprar mi alma —respondió—. Otras como tú me han llamado y no han podido complacerme.

—Inténtelo —le animó Cristina. No pensaba dejar pasar esa oportunidad. No podía ser tan complicado satisfacerle. Le podía dar coches, yates, dinero o mujeres. Incluso un harén si era eso lo que quería.

—Lo que yo quiero es… —tanteó.

—¿Sí?

—Una bicicleta California —dijo al fin.

—¿Una bicicleta? —desde luego, la gente no dejaba de sorprenderla. Lo de la bici superaba incluso la ocasión en la que un hombre le vendió su alma a cambio de ser campeón de mus en su barrio.

—¿Me puedes conseguir una? —pidió el hombre. Se le notaba ansioso—. Es un sueño de infancia.

—Espere un momento, por favor. Ahora mismo lo compruebo.

Al vuelo, verificó la base de datos del ordenador y deseó con todas sus fuerzas que esa bicicleta estuviera disponible. Sin embargo, para su decepción, no quedaban. Era un objeto muy demandado.

—Lo siento —le temblaba la voz ante ese nuevo desengaño. Un alma más que se evaporaba.

—Entonces, no hay trato.

—Pero… ¡Espere! Quizá quiera canjear su alma por otro objeto de su infancia.

—¡No hay trato! —gritó el hombre y colgó.

Cristina se quedó con el teléfono en la mano mirando la odiosa pantalla del ordenador que le decía que no había bicicletas. ¡Malditos traumas infantiles!

Colgó el auricular y abrió un modelo vacío de contrato de compra de almas. Lo imprimió y lo posó en la mesa.

Estaba muy cansada. Cansada y enfadada. Miró su reloj de pulsera y comprobó que apenas quedaban quince minutos para el cierra del mes. ¿Cómo iba a conseguir un alma en tan poco tiempo?

«¿Has pensado en vender tu alma?»

La voz de Rosana tronó en su cabeza. También sus carcajadas.

No, pensó. No podía hacer eso. Su alma valía más. Debía valer más. Pero mientras negaba, rellenó el contrato con sus datos. Sólo se detuvo al llegar a la línea de firma.

Examinó su reloj. Cinco minutos. Únicamente quedaban cinco minutos.

Observó el papel, el contrato, y se levantó, pero no tardó ni un segundo en regresar con el bolígrafo en la mano. Una firma, sólo una firma, y todo estaría solucionado.

Dejó el boli sobre la hoja, cogió sus cosas, apagó la luz y cerró la puerta del despacho. Al hacerlo, sus ojos se posaron en el poster que la adornaba con el lema de la empresa sobre un eterno amanecer. Decía: «¿Cuál es el valor de tu alma?»

«Un trabajo», pensó Cristina. «Un trabajo».

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