La satisfacción

Hoy vamos a hablar de la satisfacción, pero de la satisfacción con mayúsculas. De ésa que se siente como un cosquilleo en el estómago y te hace ir sonriendo por ahí como un bobalicón.

feliz

Ayer, por fin, tras más de año y medio de trabajo, terminé de leer, releer, corregir y volver a leer por millonésima vez la última novela que he escrito y de la que, por cierto, me siento muy orgullosa.

Sé que el trabajo todavía no ha terminado del todo. Ahora toca imprimirla, encuadernarla y registrarla. Luego, empezar a llamar a puertas y más puertas, buscar concursos, editoriales, etc., pero no importa. Los que escribimos sabemos lo difícil, engorroso y frustrante que es esta nueva fase que hoy comienza, pero la satisfacción nos hace verla desde un punto de vista ingenuo que sueña con que las puertas se abren todas de golpe y que la novela pronto podrá ser disfrutada por todo el mundo. ¿Ingenuidad? Tal vez, pero yo lo llamaría mejor ilusión. Nunca hay que perder la ilusión por muchas negativas y batacazos que uno se lleve.

La novela de la que os hablo, lo cierto es que me ha traído por la calle de la amargura, la empecé a escribir con mucha ilusión y energía, pensé que tenía las ideas muy claras sobre lo que quería contar y cómo, en julio de 2013 y cuando llegué a la páginas 76, la tuve que dejar. El motivo exacto lo desconozco. Me atasqué. No fui capaz de continuar. Por mucho que lo intenté y me leí una y otra vez lo escrito, por mucho que quise que mi cabeza se pusiera a funcionar, no fui capaz. La guardé en un cajón y allí estuvo hasta el año pasado.

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Un buen día de marzo de 2014 me puse a rebuscar por los cajones para hacer limpieza y allí, entre otros escritos y demás papeles estaban las 76 páginas esperándome. Las leí como si fueran nuevas y ajenas. Las leí con unos ojos distintos a los que en su momento las escribieron y voilà. La inspiración volvió, las ganas de continuarla resurgieron con fuerza y las ideas se agolparon en mi cabeza diciéndome exactamente cómo debía seguir. Me imagino que la musa se despertó y dio al botón que ponía en marcha la maquinaria de mi imaginación, de mis sueños y de las historias que guardo con mimo en algún armario de mi cerebro y que esperan ser contadas alguna vez.

La retomé y seguí y seguí hasta hoy. Y por fin la he terminado. Ahora siento satisfacción y también, debo reconocer, cierta pena. Una sensación de falta y carencia, pues cada personaje se ha llevado mucho de mí en cada escena. Durante este año y medio largo he vivido con ellos, he coexistido en sus vidas y ahora, de repente, se van.

Ha sido una aventura maravillosa porque escribir es maravilloso. Es ingrato, lo sé, y frustrante a veces, pero la satisfacción de un trabajo bien hecho, de un final redondo y una novela acabada, lo supera todo.

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