Música y nostalgia para escribir

La música es una parte muy importante de nuestra vida. Nos acompaña desde bien pequeños y nos despide cuando nos vamos. Está presente en bautizos, bodas, comuniones e incluso funerales. Hay música para bailar y para pensar; para llorar y para reír. Según nuestro estado de ánimo elegimos un tipo u otro. Y cuando escribimos, muchas veces, también está ahí.

Yo soy de las que, cuando está escribiendo, opta por música sin letra para no tener la tentación de ponerme a tararear. Normalmente clásica. Eso sí, no suelo escuchar a Wagner porque me pasa un poco como a Woody Allen y me entran ganas de invadir Polonia. (Aquí podéis ver la escena donde esto sucede).música1

Prefiero a Mozart, es mi preferido, pero tampoco le hago feos a Beethoven o a Bach. Alguna vez también escucho a Albeniz o a Chopin. Todo depende de lo que esté escribiendo y del ánimo con el que me encuentre. La música clásica es una gran aliada para que nuestro cerebro se relaje y a la vez sea productivo. Y mientras se lee, también es muy buena compañía.

Algunos días, si lo que estoy haciendo no requiere tanta concentración como la escritura y se trata de un trabajo más relajado como puede ser la maquetación de la obra, el diseño de portada, etc. opto por otro tipo de música. Pop, rock, heavy. Lo que más me apetezca y casi siempre, debo reconocer, temas musicales de mi adolescencia y juventud. Yo no sabía, hasta hace muy poco, el motivo por el que prefería esa música de hace años a la de ahora. Imaginé que era por nostalgia, pero resulta que no es así exactamente. No es nostalgia, es química.

En un estupendo artículo de Xataka, Andrés P. Mohorte nos explica por qué nos gusta mucho más la música de nuestra adolescencia que la que conocemos de más viejos, y resulta que tiene relación con la dopamina, la serotonina y la oxitocina. Es algo así como reacciones químicas de nuestro cerebro que liberan sustancias en el momento en el que escuchamos esa música. Igual que cuando comemos algo que nos gusta mucho.

Siempre hemos creído, yo al menos, que escuchamos la música de nuestra adolescencia y juventud por pura y simple nostalgia. Porque nos trae recuerdos de una vida pasada, de momentos vividos, de detalles… En definitiva, de nuestro crecimiento. Y sí, es así en cierto modo ya que son esos recuerdos los que activan las reacciones químicas de las que hablábamos. No es porque seamos unos ñoños que no sepamos disfrutar de lo que ahora se hace.

música3Entonces caí. Claro. Yo opto por Mozart porque me recuerda mis clases de música del instituto donde disfrutaba muchísimo y nos los pasamos genial. Teníamos un profesor, Juanto, que era estupendo. Siempre con una sonrisa invitándonos a descubrir con él la música y a sentirla. Nostalgia y reacciones químicas que me trasladan casi 20 años atrás.

Leyendo el artículo de Xataka al completo, que os recomiendo leáis, veréis como este fenómeno también les ocurre a los propios músicos que se ven anclados a sus canciones y se convierten en esclavos de sus clásicos. Y cómo puede producirse con momentos vividos de más mayores, siempre que el momento sea realmente fuerte para el que lo vive.

Así que cuando escribo o, por ejemplo, como ahora, estoy haciendo esta entrada, la nostalgia me está acompañando. Con la música la invito a entrar de lleno en la habitación y a compartir conmigo lo que estoy haciendo, sintiéndome un poco más viva. Reacciones químicas aparte, no hay nada mejor que sonreír cuando los acordes de una canción suenan y tu mente ilumina tu mirada.

 

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