¿Qué fue de los cuentos clásicos?

Erase una vez2

Los cuentos infantiles clásicos han sido siempre una buena vía de aprendizaje para los más pequeños, pues con ellos hemos aprendido infinidad de valores y hemos vivido grandes aventuras. Pero ahora que hemos crecido, los hemos relegado al olvido y no solemos caer en la tentación de echar la vista atrás, acercarnos a nuestra estantería y sacar del polvo y el desuso esos clásicos infantiles; esos cuentos que durante años hicieron que nuestra mente viajase, soñase, creciese, se divirtiera y aprendiera. Pues con esta entrada, lo que yo hoy os propongo es que volváis a ojear esos libros.

Caperucita Roja (Póster norteamericano de 1939)Abrirlos de nuevo y leerlos con otros ojos. Coger Caperucita Roja, por ejemplo, de Charles Perrault que fue el primero que recogió esta historia, y leerlo como si fuera nuevo; como si nunca lo hubierais leído antes y os daréis cuenta de que casi es así. Descubriréis, para vuestro asombro, que no es lo que esperabais. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que aquellos cuentos clásicos de los que disfrutamos de niños, han ido cambiando tanto con el paso de los años que lo que nuestra mente recuerda de ellos no son las letras, las palabras o las frases que las páginas de los clásicos albergan, sino sus otras versiones.

¿Cuántas películas o series habéis visto relacionadas con los cuentos? ¿Cuántos dibujos animados en la gran pantalla os han contado la historia de Blancanieves o de Cenicienta? Muchos, ¿verdad? Quizá demasiados. Es por eso que os animo a volver a leer esos cuentos. A volver a disfrutar de los originales.

Las historias de Disney, de los grandes directores o de series en las que sus protagonistas son personajes de cuento que olvidan que lo son, están muy bien. De hecho, yo debo admitir que estoy enganchada a Blancanieves (Ilustración de Carl Offterdinger)algunas de esas series porque me resultan curiosas, interesantes y, muchas, están muy bien llevadas a la pantalla. No debemos olvidar que los cuentos, su esencia, son una gran inspiración para cualquier creador de arte (literario, cinematográfico, etc.), no obstante, de vez en cuando, es bueno volver al origen. Está bien que Blancanieves sea una mujer de armas tomar, pero también es bueno recordar que un día fue una dulce niña ingenua que se dejó engañar por una malvada madrastra, y se comió una manzana envenenada que la hizo dormir profundamente durante mucho, mucho tiempo. También está bien conocer que Hansel y Gretel no cazaban brujas y que lo que le pasó a la hechicera que se los quiso comer, fue más un accidente que una acción premeditada. Tampoco estaría de más saber que el padre de Caperucita Roja no era el lobo feroz y que el cazador fue una introducción que en el cuento original de tradición oral no existía, pues el final de Caperucita no fue feliz hasta que los hermanos Grimm decidieron reescribirlo así.

Se suele decir, Sabina lo decía, que «las niñas ya no quieren ser princesas», y quizá sea así, pero a mí no me importaría, de vez en cuando, vivir en un país de cuento y soñar que soy, no sé, quizá, Alicia en el país de las maravillas.

A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (ilustración de John Tenniel)Esa Alicia es, precisamente, uno de los mejores ejemplos con el que os puedo convencer para que volváis a leer a los hermanos Grimm, a Charles Perrault o a Lewis Carroll. Es un buen ejemplo de que los originales y sus versiones, a veces, difieren mucho. Tanto, que el original se pierde y la versión se extiende. Alicia sirve también para explicaros que un cuento infantil puede ser mucho más que una fábula con la que divertir a los niños o enseñarles valores. Alicia, para el que se atreva, es una de las mejores lecturas que uno puede hacer siendo adulto. Y no sólo Alicia en el país de las maravillas, sino también su otra parte: A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. Descubriréis que, al leer estas obras, podríamos hablar casi  de un tratado filosófico en lugar de un cuento infantil. De hecho, la versión de Alicia más conocida por todos, casi estoy segura de ello, es la de Disney y pocos saben que esa película de 1951 es un compendio de las dos novelas de Lewis Carroll.

Así que ya sabéis. Poneros como meta recordar los clásicos, volverlos a leer, regresar a la infancia y mirar con otros ojos lo que se supone que ya sabemos porque ¿realmente lo sabemos?

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